Mi vida ha cambiado al igual que mi salud, pero no solo las personas cambian, el tiempo, la temperatura, también. Ahora, en este momento y en este invierno no hace mucho frío, yo diría que casi nada, pero sin embargo llueve y los cristales están llenos de gotas que yo con mi fantasía veo de unos colores preciosos, lilas, amarillos, anaranjados y además brillan como estrellas relucientes en el cielo.

Mi inspiración no es muy rica, pero si lo suficiente para saber lo que es precioso y poder valorarlo, por eso sé que esta entrada de mi Blog va a ser tan bonita como esas gotas de lluvia que resbalan por mi ventana. Está dedicada a dos hombres geniales, al primero, JOAQUÍN DE PRADA GONZÁLEZ además de ser inteligente, bondadoso y estupendo yo lo amaba locamente y sus caricias y sus cartas me llenaban de felicidad. Del segundo, JULIO CORTÁZAR, amo su obra tan original, de persona que no dice cualquier cosa.

Comparto con vosotros unos textos que me gustan mucho de Julio Cortázar, uno es el cápitulo 7 de la novela “Rayuela”, y el otro es el cuento “La Casa Tomada”. Por otro lado, comparto también con vosotros una carta que me escribió mi querido JOAQUÍN desde Salamanca.

RAYUELA (publicada en 1963)
Capítulo 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

(texto extraido de Literaberinto:

http://www.literaberinto.com/cortazar/rayuela7.htm)

Esta es la carta de JOAQUÍN que quiero compartir con vosotros:

Salamanca 1 enero 1957

Mi queridísima Loli: empezar un nuevo año es una cosa estupenda sobre todo pensando que es un año que empiezo queriéndote con locura. Un año que es tuyo y que no voy a hacer otra cosa que quererte. El año 1956 no nos podemos quejar. Hemos estado mucho tiempo juntos en él nos hemos conocido y nos hemos querido.

¿Qué más se puede pedir? Yo al menos lo considero un año completamente feliz. Y este que hoy empezamos tenemos que hacer los dos que sea tan feliz como el anterior ¿verdad?

Yo te quiero mucho Loli. No puedes hacerte la más pequeña idea de todo lo que te quiero. Cualquier cosa, pequeña o grande, me hace acordarme de ti. Pienso enseguida en ti y en lo feliz que sería si te tuviera conmigo. Compartir todo contigo es mi mayor ilusión. Más aún mi única ilusión en esta vida. Cuando todo sea nuestro, de los dos y todo lo vivamos juntos, comenzare a ser feliz. Y ahora lo soy un poquito porque tú existes y sé que me quieres y que tu ilusión mayor es también el estar conmigo.

Claro que mi mayor alegría de estos días es pensar que dentro de muy poco estaré contigo. No puedo pensarlo pues si me pongo a pensarlo inmediatamente me entra una morriña enorme de que ese momento aún no haya llegado y me pongo impaciente y me parece una eternidad lo que me falta aún para que coja el tren para irme hacia ti.

Prefiero estos días hacer un esfuerzo y no pensar en ello. Pero es tanto lo que te quiero y tan grandes las ganas que tengo de verte que a pesar de todo no puedo dejar de estar impaciente y desear ardientemente que llegue el día tres y más aún que llegue el momento de verte. Es tan maravilloso que no puedo figurarmelo. Sé que mi alegría será inmensamente (grande) y que en ese momento te querré como nunca. Pero de verdad que no sé lo que haré, ni qué te diré ¡te quiero mucho!

Mi vida en estos días muy atareada. Ya te conté que estuve ayer todo el día trabajando. Hoy me despediré. Mejor dicho estoy aún de despedidas. Mañana intentaré estudiar y el jueves emprenderé el viaje.

Tengo ya el billete para el TAF del día cuatro. Mañana sacaré el billete para el coche de línea a Madrid. El jueves a las 2:30 sale. Ya sabes que a esa hora estaré de viaje. Camino de ti. En marcha para estar contigo. Es decir camino de ser feliz unos días, lo que quiere decir que en el viaje seré ya un poco feliz.

Tú cuídate estos días y se buena chica y prepárate para no separarte en estos días de mi lado. Ya lo sabes que no lo consentiré por ninguna razón ¿entendido?

Tía Lolichi, te quiero mucho. Infinitamente, lo sabes bien. Y estos poquitos días que faltan te querré mucho y me acordaré muchísimo de ti. Falta ya tan poco para verte.

Esta es mi última carta y la última que te escribo que te quiero. La próxima de palabra y verás como te gusta.

Un millón de besos y mis mejores caricias siempre tuyo

Joaquín

Y aquí sigue el cuento “La casa tomada” de Julio Cortázar:

LA CASA TOMADA (publicada en 1951)

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

(extraido de la biblioteca digital Ciudad Seva:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/casatoma.htm)
Julio Cortázar (1914-1984)

3 Respuestas a “DEDICADO A JOAQUÍN DE PRADA GONZÁLEZ Y A JULIO CORTÁZAR”
  1. Ana Mirasol Vento dice:

    ¿Qué me gusta más, la carta de Joaquín, tan tierna, o los fragmentos de Cortazar?
    Sinceramente, me cuesta decidirme. Rayuela la leí hace mucho tiempo, ahora le daré un repaso y releeré algun capítulo. “La casa tomada” no la conocía.
    Los dos textos están muy bien elegidos y son perfectos para el blog de Loli.

  2. Roxana dice:

    Siempre inigualablemente tan profunda. Loli espero que te encuentres bien, te he enviado emails y no he recibido respuestas. Deseo de corazón que tu ternura haga mantener la hoguera de amor que hay dentro de ti.
    Comparto este poema…que me llegó en un momento único de mi vida…
    Muere lentamente quien no viaja,
    quien no lee,
    quien no oye música,
    quien no encuentra gracia en sí mismo.
    Muere lentamente
    quien destruye su amor propio,
    quien no se deja ayudar.
    Muere lentamente
    quien se transforma en esclavo del hábito
    repitiendo todos los días los mismos
    trayectos,
    quien no cambia de marca,
    no se atreve a cambiar el color de su
    vestimenta
    o bien no conversa con quien no
    conoce.
    Muere lentamente
    quien evita una pasión y su remolino
    de emociones,
    justamente estas que regresan el brillo
    a los ojos y restauran los corazones
    destrozados.
    Muere lentamente
    quien no gira el volante cuando esta infeliz
    con su trabajo, o su amor,
    quien no arriesga lo cierto ni lo incierto para ir
    detrás de un sueño
    quien no se permite, ni siquiera una vez en su vida,
    huir de los consejos sensatos…
    ¡Vive hoy!
    ¡Arriesga hoy!
    ¡Hazlo hoy!
    ¡No te dejes morir lentamente!
    ¡NO TE IMPIDAS SER FELIZ

  3. Loli de Prada dice:

    Gracias Ana por tu cariñoso comentario, como siempre eres increible.
    Cortázar es Cortázar… pero Joaquín era único.
    Besos para todos, os quiero con todo el corazón.
    Loli de Prada

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